El dia boca abajo
Demasiado Cortazar.... no?
Nunca mas intentaría cruzar la calle con el semáforo en rojo. Se juro a si misma que no lo haría. El pobre chico estaría en el hospital semanas. Y todo por ella. Sabiéndose culpable lo acompaño en la ambulancia y se quedo con el en el cuarto del hospital. No era mera cortesía. Ella sabía. El olor estaba allí. El le dirigió unas palabras de agradecimiento. Ella asintió sin ganas, no se preocupe joven, todo estará bien.
Que fácil simularlo.
El cayo en un sueno profundo. El olor se intensifico. Ella sabía lo que ocurriría. No tuvo más remedio que seguirlo hasta allí. Cerró los ojos...
Despertó en medio de la selva con ganas de vomitar. Sentía la lucha de aromas a su alrededor. No tenia tiempo que perder. Debía salvarlo. Pero el Amazonas es grande y ella solo podía seguirlo con sus sentidos atormentados por la culpa y los remordimientos. Debía actuar antes que fuese demasiado tarde. Aparentando tranquilidad encontró el olor del miedo y con el, el rastro a seguir. Corrió pocos kilómetros hasta caer exhausta. Era una tarea difícil, sobre todo porque el olor de la guerra era muy fuerte y el miedo muy débil.
De pronto se sintió sola. Sonriendo, cerró los ojos.
El olor a hospital inundo sus pulmones y suspiro. Estaban a salvo. Escapo al bar unos minutos para almorzar creyendo que no seria importante, pero cuando volvió el gemía en sueños y se agitaba de forma escalofriante. Sabiendo que era inútil cerro los ojos con fuerza e intento dormirse, pero ya era tarde. La Guerra Florida llegaba a su Cenit.
No quería volverse. Sabía lo que ocurría en el templo mejor que nadie. Era para ella. No sabía como rechazar los magníficos sacrificios de sus creaciones. Debía aceptarlos, ellos esperaban que los acepte. La Muy Alta no se podía negar a sus súbditos.
Se acercaba, lo sentía con toda claridad. Volvió al hospital fugazmente dos veces, pero fue inútil. El estaba condenado, no podía volver.
Las lágrimas caían por sus mejillas cuando lo subieron al altar.
Habían fracasado.
Volvió en si al mismo tiempo que el pulso de el se apagaba. Lentamente se levanto de su asiento y odiándose a si misma, se dirigió a la Iglesia.
Nunca mas intentaría cruzar la calle con el semáforo en rojo. Se juro a si misma que no lo haría. El pobre chico estaría en el hospital semanas. Y todo por ella. Sabiéndose culpable lo acompaño en la ambulancia y se quedo con el en el cuarto del hospital. No era mera cortesía. Ella sabía. El olor estaba allí. El le dirigió unas palabras de agradecimiento. Ella asintió sin ganas, no se preocupe joven, todo estará bien.
Que fácil simularlo.
El cayo en un sueno profundo. El olor se intensifico. Ella sabía lo que ocurriría. No tuvo más remedio que seguirlo hasta allí. Cerró los ojos...
Despertó en medio de la selva con ganas de vomitar. Sentía la lucha de aromas a su alrededor. No tenia tiempo que perder. Debía salvarlo. Pero el Amazonas es grande y ella solo podía seguirlo con sus sentidos atormentados por la culpa y los remordimientos. Debía actuar antes que fuese demasiado tarde. Aparentando tranquilidad encontró el olor del miedo y con el, el rastro a seguir. Corrió pocos kilómetros hasta caer exhausta. Era una tarea difícil, sobre todo porque el olor de la guerra era muy fuerte y el miedo muy débil.
De pronto se sintió sola. Sonriendo, cerró los ojos.
El olor a hospital inundo sus pulmones y suspiro. Estaban a salvo. Escapo al bar unos minutos para almorzar creyendo que no seria importante, pero cuando volvió el gemía en sueños y se agitaba de forma escalofriante. Sabiendo que era inútil cerro los ojos con fuerza e intento dormirse, pero ya era tarde. La Guerra Florida llegaba a su Cenit.
No quería volverse. Sabía lo que ocurría en el templo mejor que nadie. Era para ella. No sabía como rechazar los magníficos sacrificios de sus creaciones. Debía aceptarlos, ellos esperaban que los acepte. La Muy Alta no se podía negar a sus súbditos.
Se acercaba, lo sentía con toda claridad. Volvió al hospital fugazmente dos veces, pero fue inútil. El estaba condenado, no podía volver.
Las lágrimas caían por sus mejillas cuando lo subieron al altar.
Habían fracasado.
Volvió en si al mismo tiempo que el pulso de el se apagaba. Lentamente se levanto de su asiento y odiándose a si misma, se dirigió a la Iglesia.


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